La diseñadora bogotana regresó a las pasarelas colombianas para inaugurar Bogotá Fashion Week 2026 con una colección Resort 2027, que recorrió diez años de evolución creativa entre romanticismo, vanguardia y referencias neo punk.
Por Pilar Luna. Fotos: cortesía BFW
Abrir una semana de la moda es una responsabilidad grande para cualquier diseñador. El desfile inaugural marca el camino de lo que se puede esperar durante la semana, define conversaciones y, muchas veces, deja pistas sobre el momento que vive una industria. Por eso, que Kika Vargas fuera la encargada de abrir Bogotá Fashion Week 2026 me pareció clave para un evento que cada día toma más fuerza.



No solo porque hablamos de una de las diseñadoras colombianas más relevantes de los últimos 15 años, sino porque estamos frente a una creadora cuya historia se ha construido, en buena parte, lejos del radar local y mucho más cerca de la conversación internacional.



Kika llevaba diez años sin presentarse en una pasarela en Colombia. Una década en la que consolidó una propuesta, creció fuera del país, alcanzó varios reconocimientos y desarrolló un lenguaje propio. Conozco a Kika desde sus inicios, le he seguido su carrera y la he visto crecer, así que esta pasarela también fue muy especial para mí.



Y eso fue precisamente lo que vimos: no una colección cualquiera, sino una especie de recorrido por los distintos momentos creativos que han definido su universo. El escenario elegido, aunque un poco incómodo en la práctica, ayudó a construir esa narrativa.



Escenario y narrativa
El desfile se realizó en Kinder, una discoteca bogotana con una estética industrial y una memoria nocturna particular. Antes conocida como Kaputt, el espacio no fue el típico lugar que uno imaginaría para una apertura de semana de moda: un sitio crudo, urbano, incómodo, de estructuras duras y atmósferas oscuras.



Ese ambiente de club, de concreto, terminó dialogando muy bien con una colección que se movió entre el romanticismo y la rebeldía. Porque si algo dejó claro esta propuesta es que Kika sigue siendo una diseñadora de contrastes.



Su formación en Bellas Artes (que estudió en Chicago), de diseño de moda (en el Instituto Marangoni en Milán) y su trabajo en una casa tan prestigiosa como Missoni, aparecieron en esta propuesta de una manera bastante interesante: en el manejo del color, en esas siluetas escultóricas que le gusta magnificar y en una singular forma de entender el lujo desde una mirada sofisticada pero emocional.



Romanticismo y vanguardia
Sin embargo, esta vez el viaje creativo parecía dirigirse mucho más hacia Gran Bretaña. Hubo tartanes, tejidos escoceses, referencias a la tradición inglesa y ecos de una estética casi victoriana que remitía a campos floridos, paisajes rurales y una feminidad profundamente romántica.



Pero también aparece el otro lado de la moneda, desde su ya reconocida vanguardia: la deconstrucción, las siluetas amplias, los volúmenes monumentales.



Esas piezas únicas que deja atrás lo clásico y vuelven la colección contemporánea y llenas de referencias del neo punk. Un halo creativo que atravesó buena parte del desfile y evitó que la colección cayera en una lectura nostálgica.



Era como ver dialogar dos mundos: el romanticismo de la Inglaterra del siglo XIX y la irreverencia de una mujer contemporánea que ya no quiere ocupar poco espacio. La mujer de Kika nunca ha sido pequeña. Sus volúmenes siempre han hablado fuerte. Sus siluetas han entendido el cuerpo femenino desde otro lugar: menos obediente, más escultórico y narrativo.



La colección mantuvo el ADN romántico que ha caracterizado a la diseñadora, pero lo atravesó con capas de experimentación.
Kika ¿la incomprendida?
Kika Vargas es una diseñadora que Colombia no siempre ha entendido del todo. Su propuesta se ha movido históricamente mejor en mercados internacionales y su lenguaje nunca ha sido el más fácil, ni el más comercial dentro del contexto local. Y es precisamente por eso resultó tan contundente e importante su regreso.



Porque recordó algo que a veces olvidamos: la moda también necesita autoría, riesgo y visión.
Hace muchos años, cuando empezábamos a verla aparecer dentro del sistema moda colombiano, ya había algo distinto en ella. Hoy, una década después de su última pasarela en el país, esa diferencia sigue estando ahí. Solo que ahora viene acompañada por el peso del tiempo, la experiencia y una historia suficientemente sólida que le dio mucho peso a la inauguración de Bogotá Fashion Week.








