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El Palacio de San Francisco, en el centro de Bogotá, albergó una alegre y exuberante celebración protagonizada por lentejuelas, flecos brillantes, colores enérgicos, siluetas asimétricas y mucho volumen, que marcó el inicio del BFW2022.

Por: Juliana Villegas. Fotos: Cámara Lúcida para el BFW

La arquitectura de estilo neoclásico del Palacio de San Francisco, sus amplios corredores, sus techos altos y su aire nostálgico, se convirtieron en el escenario perfecto para la inauguración del BFW2022 con la presentación de la colección “El Contento” de Francisco Leal y Karen Daccarett, fundadores de Leal Daccarett.

Sus paredes de colores deslavados hicieron resaltar el intenso colorido de una propuesta que emanaba “sabrosura, vibra, tumbado y brillo”, según expresaron los diseñadores.

Desde el arranque, el color fue protagonista. Un vestido corto de mangas largas, bañado de intenso verde, con un profundo escote y totalmente plagado de lentejuelas con forma de cristales, marcó el ritmo vigoroso de la puesta en escena.

Con paso decidido y poderoso salieron una a una las modelos con sus lentes oscuros y sus caras adustas que contrastaban con la viveza de los looks.

El rey de la noche fue el vestido: desde cortos y holgados, con mangas amplias, con falda voluminosa hecha de plumas de marabú en bloques de color o con mangas adornadas con flecos brillantes, hasta maxivestidos con voluminosas faldas y sobrefaldas, grandes moños, anudados, flecos, drapeados, cortes y asimetrías (más corto adelante más largo atrás, un solo hombro…), en tonos tan vibrantes como amarillo, verde limón, lila, rojo, rosa y naranja.

Un festín de colores

En medio de este festín de colores y materiales (sedas, tafeta de seda, plumas, terciopelo, lentejuelas), se deslizaron vestidos en blanco y negro, un conjunto de pantalón entubado y abrigo extralargo, un vestido-abrigo en negro total con un profundo escote y gran abertura frontal, y un conjunto de blusa marfil con mangas infladas y minifalda de lentejuelas con un aire tropical ultramoderno.

El cierre fue en rojo total: un vestido asimétrico con vuelo y volumen, tan ligero y cómodo que parecía flotar sobre el suelo.

El espíritu de la propuesta rebosaba latinidad, pero, sobre todo, alegría de vivir. Ese amor por la vida que caracteriza a quienes habitamos esta parte del planeta y que nace orgánicamente sin importar las adversidades. Fue un excelente inicio para una feria como el Bogotá Fashion Week que ha sido un intenso reencuentro con la moda nacional.

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