El debate de la primera dama

Una mirada diferente al debate sobre el atuendo que la primera dama, María Juliana Ruiz, usó durante su visita oficial a la Casa Blanca. La moda puede ser una herramienta importante para mandar un mensaje.

Por Pilar Luna

Cuando Andrea Echeverri se vistió de gramófono para los Premio Grammy, más que ridiculizar un evento estaba transmitiendo una postura. Quería que la vieran y que le abrieran un espacio más grande a la música latinoamericana. Quería hacer entender a quienes entregan los premios que la música es un lenguaje universal y que nuestros países deben ser escuchados. Literalmente se llevó, según dijo, el Grammy puesto. Y todo el mundo la vio. Y aunque las críticas no se hicieron esperar, logró su cometido: la escucharon. Y todo eso se logró a través de un atuendo, a través de la moda.

Por eso, banalizar el tema es muy banal. Entiendo que hay que hacer críticas respetuosas y que el matoneo no cabe aquí, pero el debate sobre el vestido que la primera dama, María Juliana Ruiz, usó durante su visita a la Casa Blanca, sí se debe dar. Se debe dar con respeto y altura, pero también con la convicción de que a través de la moda se pueden enviar mensajes potentes que muchas veces no se dan, ni llegan a los que deben llegar por otros medios.

Se nota que la primera dama quiso honrar el diseño colombiano y usó talento criollo de pies a cabeza. Eso está bien porque la moda del país se ha convertido en una buena embajadora de nuestra cultura y, literalmente, nos hemos puesto de moda. Lo malo fue que, tanto la asesora de imagen como la dupla de diseñadores Leal Daccarett, la embebieron en un estilo que no es el suyo, bajo el pretexto de que querían explorar algo distinto y darle un look más moderno. Esa es la delgada línea roja que hay entre usar la moda adecuadamente para unos propósitos específicos o ser víctima de esta. Es un hecho que María Juliana Ruiz tiene que encontrar el camino de lo que quiere proyectar durante sus apariciones en público, pero para eso tendrá que tener claros muchos factores como el cuerpo, la talla, sus puntos a favor, sus debilidades, pero por encima de todas las cosas, tiene que saber qué mensajes quiere mandarle al mundo.

No dudo de su profesionalismo, de que sea una mujer maravillosa, de que tenga todos los requisitos y los títulos necesarios para representarnos muy bien, pero debe empezar a usar la moda a su favor y no en su contra. Su atuendo se volvió un tema, precisamente porque lo escogió mal.

El acto de vestirse para estos acontecimientos implica ser conscientes de que la vestimenta es una forma de comunicación y que a través de esta se mandan mensaje claros y contundentes. Lo malo es no entender el papel fundamental de la moda en este tipo de situaciones. El debate se calentó porque se volvió irrespetuoso, pero más allá de eso quienes minimizan esto caen en el error que cometieron los asesores de la primera dama, que pensaron que podían mandar un mensaje de “una mujer joven y osada”, como ellos mismos lo definieron, sin entender a cabalidad que su rol de esposa del presidente le da un protagonismo inusual y la pone como la embajadora número uno del país.

Ahora se rasgan las vestiduras diciendo que los críticos le dieron más importancia a un vestido que a los puntos que se trataron en la reunión entre mandatarios y primeras damas, pero en el fluir de este encuentro también cabe decir que la ropa elegida para ella fue muy desafortunada. María Juliana Ruiz no encontró el camino para dejar una gran impresión. Empoderarse con la ropa es un acto serio más allá de que a muchos les pueda parecer banal. Quienes desprecian la moda por ser algo muy ligero, deberían entender que, precisamente, si la moda fuera tan ligera este debate no estaría en la agenda nacional.

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