La diseñadora Miyako Bellizzi fusionó la estética de los años 50 de los gánsteres del Lower East Side newyorkino con la Alta Costura parisina para crear el vestuario de un soñador implacable.
Por: Amaury Echenique. Fotos: cortesía.
Hay una escena al principio de Marty Supreme, que define no solo al personaje sino toda la filosofía visual de la película. Marty Mauser, interpretado por Timothée Chalamet, vendedor de zapatos del Lower East Side con una convicción delirante de ser el mejor jugador de tenis de mesa del mundo, agita un traje gris dentro de su bolsa de tintorería frente a uno de sus compañeros de trabajo. Lo compró para un torneo en el extranjero, que aún no ha ganado; al que ni siquiera ha viajado. Pero él ya tiene el traje.

«Es el hombre que quiere ser», explica Miyako Bellizzi, la diseñadora de vestuario nominada al Oscar por su trabajo en la electrizante película de Josh Safdie. Esa frase condensa la complejidad de un personaje que se construye a sí mismo mediante la fuerza de voluntad, la manipulación y, sobre todo, la ropa. Porque en Marty Supreme, el vestuario no es decoración: es estrategia, es arma, es profecía.
El hombre que se inventa a sí mismo
Cuando Josh Safdie contactó a Bellizzi para hablar de Marty Supreme, ya existía una conexión profunda. La diseñadora había trabajado en Uncut Gems y Good Time, las colaboraciones del director con su hermano Benny, y conocía su obsesión por la autenticidad neoyorquina. «Esta es la época favorita de Miyako, así que la coincidencia de que yo me acercara a ella fue eufórica», recuerda Safdie. «La sinergia entre ambos fue muy especial».

La época era los años cincuenta, pero no cualquier versión de ellos. Bellizzi, neoyorquina de origen, se sumergió en el ambiente abarrotado del Lower East Side que da inicio a la película. «Ese es el mundo de Marty, así que pensé en estar en la ciudad y en qué te influye», dice. «¿Quiénes son sus referentes en su barrio? ¿A quién aspira parecerse? ¿Y qué no quiere ser?»
Para responder esas preguntas, Safdie compartió con ella un hallazgo casual: un cortometraje del cineasta experimental Ken Jacobs que documentaba la vida de los inmigrantes judíos en el Lower East Side en 1955. «Obviamente estaba mirando a los jóvenes cool», dice Bellizzi sobre el material.

En la viñeta coloreada, los chicos llevan pantalones plisados, camisetas blancas de tirantes, corbatas finas y chalecos de punto sin mangas. Las chicas, notablemente, usan culottes y camisetas vintage, desafiando las convenciones de una década que reservaba los pantalones para los hombres. «Nos parecen casi contemporáneos», observa Bellizzi. «Las mujeres no usaban pantalones en los años cincuenta, pero las chicas del Lower East Side sí».
Esa tensión entre la norma y la transgresión, entre lo establecido y lo aspiracional, se convertiría en el corazón del vestuario de Marty.
Silueta para el poder
La subcultura de los estafadores y gánsteres del Lower East Side se reveló como la referencia visual perfecta para la arrogancia de Marty. Safdie descubrió la existencia de un sastre en el barrio cuyos clientes eran mafiosos judíos, y con ella, una clave sociológica fascinante: «El tamaño de tu entrepierna sería un signo de tu riqueza: cuanto más dinero tenías, más tela tenías. Eso hablaba un poco del deseo de Marty y de los gánsteres, de presumir y presentarse como hombres duros».

Los trajes de Marty, confeccionados a medida, adoptaron esa silueta extra grande y cuadrada: hombreras marcadas, telas oscuras (gris oscuro, azul marino), una presencia que ocupaba espacio incluso cuando Marty aún no había conquistado nada. «Es como vestirse para el trabajo que quieres», dice Bellizzi. «Ni siquiera se trata de ‘fingir hasta que lo consigas’, simplemente es que él quiere demostrar que sabe lo que hace».
Pero la dureza del traje necesitaba un contrapunto. Safdie insistió en que las camisas de Marty tuvieran «una calidad realmente ondulada y fluida porque Marty es extravagante». Esa combinación de la estructura del traje de gánster con la fluidez del artista define visualmente a un personaje que siempre está representando un papel.

Las hombreras fueron esenciales. «Una vez que encontramos esa silueta, cambió por completo su presencia, incluso su forma de caminar», afirma Bellizzi. Chalamet, con su físico esbelto, necesitaba esa estructura para encarnar a un hombre que se está construyendo desde cero.
Y luego están las gafas. Safdie, que confiesa haber mentido en su examen de la vista de adolescente para poder usarlas, las considera fundamentales para el personaje. «Eran una buena yuxtaposición con el aire gánster de sus trajes. Eran su elemento de superación personal, un reflejo de su juventud, de su discapacidad visual».
Para mantener la autenticidad, Chalamet usó lentes de contacto que distorsionaban su visión, y luego gafas graduadas para corregirla. El gesto, invisible para el público, habla del compromiso con la verdad del personaje.
El glamour y melancolía de Kay
Si Marty es la ambición hecha traje, Kay Stone interpretada por Gwyneth Paltrow es el glamour en estado de quietud. Ella fue una estrella de cine en los años treinta, se retiró en la cima de su carrera y se casó con un industrial adinerado llena de lujos en su apartamento de Park Avenue, pero insatisfecha; y que irrumpe en la vida de Marty como una aparición.
La primera escena de Kay en la película es una lección magistral de diseño de vestuario. En el vestíbulo del Ritz Carlton de Londres, durante el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa de 1952, aparece envuelta en un abrigo largo con capa, de un gris acerado que la funde con la elegancia del hotel. Los periodistas masculinos callan y luego hacen el comentario misógino de rigor: «Se ve bien para su edad». Marty queda inmediatamente cautivado.

Bellizzi se enfrentaba a un desafío doble: crear un ícono de estilo que no recurriera a los clichés. «Si fuéramos históricamente fieles a 1952, Kay llevaría un abrigo de visón. Pero no quería repetirlo», explica. En lugar de la piel, optó por la capa escultural, una elección que remite al glamour de los años treinta sin caer en la literalidad. «Quizás se quitó el abrigo de piel afuera», especula Bellizzi. «Pero quería darle una capa fabulosa».
Para construir a Kay, Bellizzi se inspiró en iconos de la pantalla que vivieron en Nueva York como Marlene Dietrich en los años treinta o Katharine Hepburn y Grace Kelly en los cincuenta. Pero también en una emoción: la tristeza. «Pienso en la tristeza de su vida», confiesa. «También me inspiré en eso en cuanto a las paletas de colores, empezando por el gris».
Cuando Kay asiste sigilosamente a la final de Marty en Wembley, lo hace con un conjunto de tweed blanco y negro de corte invernal, la cara enmarcada por un sombrero pastillero negro con velo. El velo no es para pasar desapercibida, aclara Bellizzi. «Es una estrella de cine de toda la vida. Quizás la gente la reconozca. Sabía que estaría sentada entre un mar de gente en la oscuridad, así que quise darle brillo con el blanco para que se reflejara en su rostro y se pudiera ver entre la multitud».


Bellizzi investigó la alta costura de la época, pero tomó decisiones deliberadas. Aunque Dior y Givenchy eran los nombres nuevos y modernos de los años cincuenta, Kay viste algo más cercano a Madame Grès. «Puede permitirse el lujo. Simplemente, tiene una estatura diferente, un poco más clásica». Esa distinción de elegir lo clásico sobre lo novedoso define a un personaje que ya no necesita demostrar nada.
El rojo como renacimiento
En una película donde los grises y azules dominan el paisaje urbano, el rojo emerge como un color cargado de significado. Para Marty, se materializa en unos guantes de cuero rojo que Chalamet eligió personalmente durante las pruebas de vestuario. Bellizzi recuerda el momento con una sonrisa, «Pensé, eso sería increíble, tú, con los guantes rojos, comiendo un perrito caliente en la calle».

Pero es en Kay donde el rojo alcanza su máxima expresión. En el estreno de su obra de Broadway, aparece con un impresionante vestido rojo sin tirantes y guantes negros de ópera. «Ese vestido es su final. Es la cumbre. El momento culminante de su nueva vida», dice Bellizzi. «Ella florece en rojo».
La elección del color no es casual. «Ese fue su final, cuando se sintió más viva de nuevo, y por eso elegimos el rojo», explica la diseñadora. Pero el florecimiento es efímero. «Esta sensación emocional y vital se destruye. A veces tienes grandes sueños, y otras veces no salen como quieres». El vestido rojo, como el traje gris de Marty, es un sueño materializado. Pero los sueños, en el mundo de Safdie, tienen un precio.
Para el encuentro clandestino de Kay con Marty bajo un arco de Central Park, Bellizzi diseñó una estola enorme, casi como una manta. «Hacía como 6 grados bajo 0 la noche que rodamos, así que ni siquiera se ve el vestido», ríe. «Pero la verdad es que creo que se ve muy elegante así. Lo lleva como un abrigo por fuera, y no es de piel». Incluso en el frío, incluso en el secreto, Kay mantiene su distinción.
La lencería real de los años 50
Uno de los aspectos más meticulosos del trabajo de Bellizzi fue la ropa interior. «La lencería era muy importante para mí», afirma. «Era fundamental que toda su ropa interior fuera fiel a la época».
Para Rachel, interpretada por Odessa A’zion, la novia de Marty, diseñó conjuntos modernos de sujetador y braguita de encaje. Para Kay, en cambio, eligió el body con corsé popularizado en los años treinta, una prenda que Paltrow luce en una escena memorable cuando abre la puerta del hotel de Marty con un grueso abrigo de piel de conejo que se quita para revelar un corsé de viuda alegre de encaje blanco.

La diferencia no es solo histórica, sino narrativa. Rachel es juventud, impulsividad, presente. Kay es tradición, artificio, pasado. La ropa interior, lo que no se ve, cuenta su propia historia.
Creando un mundo nuevo en el pasado
Marty Supreme no es solo la historia de dos personas, sino de un ecosistema. Bellizzi creó vestuario para decenas de adolescentes en una bolera de Nueva Jersey, para los habitantes de un hotel de paso, para los 16 equipos nacionales que compiten en el campeonato mundial.
Cada equipo tiene una silueta de polo distintiva, sus propios uniformes de calentamiento y parches en el pecho. Bellizzi encontró imágenes de referencia para algunos países e inventó completamente el resto. Todos aparecen temprano en la película, posando para una fotografía grupal que la cámara apenas roza. «Eso es un testimonio del ojo de Miyako», dice Safdie. «Me encanta esa toma, pero pasamos rápido sobre ella, así que la gente no puede saborear toda la construcción de mundo que está sucediendo».

La autenticidad lo impregnaba todo. «¡Hasta la ropa interior!», bromea Bellizzi. Las medias de mujer se consiguieron en el Centro Judío Hasídico de Williamsburg. La tipografía en los escaparates de Delancey Street fue verificada con precisión histórica. Nada de marcas contemporáneas. Nada que saque al espectador del hechizo.
Pero la precisión histórica no es un fin en sí mismo. «Si hacemos los atuendos nosotros mismos, podemos darles un toque especial y que parezcan usados», explica Bellizzi. La ropa debe sentirse vivida, real. Safdie lo formula de otra manera: «El adjetivo más elogioso que se le puede dar a una película en la que participo es ‘vivida’, porque cuando capturas la vida, no está creada para la cámara; lo que ves ya existe».
Al estilo de Bonnie y Clyde
Uno de los momentos visualmente más impactantes de la película es la excursión de Marty y Rachel a la Nueva Jersey rural, una secuencia que Safdie llama «la de Bonnie y Clyde». Una fotografía de los años veinte, que mostraba a una pareja cosmopolita en un descapotable en un entorno campestre, sirvió de inspiración.
Marty viste un traje marrón granate; Rachel, un vestido camisero de cuello marinero a cuadros vichy marrón beige. «Parecía el tipo de ropa que alguien de la ciudad, con malas intenciones, usaría para ir al campo», dice Safdie. «Cuando cierro los ojos y pienso en la película, pienso en ese look combinado, estos urbanitas en el campo».
La ropa, una vez más, define la relación de los personajes con el espacio y consigo mismos. Son intrusos, forasteros, y su vestimenta los delata.
El legado de la calle
Muchos jóvenes espectadores le han dicho a Bellizzi que los looks de Marty Supreme les parecen contemporáneos. La diseñadora recibe el comentario con cierta inquietud. «Dicen: esto parece de hoy, así es como se viste todo el mundo. No entienden realmente la historia que hay detrás, así que espero que la gente aprecie eso y la autenticidad, y se inspire en ellos».
Safdie, en cambio, tiene una aspiración más lúdica: espera que el público se lleve ideas para disfraces de Halloween. Ya vio varios Martys este año, luciendo «las gafas con bigote, la camisa holgada y extragrande y la camiseta blanca de tirantes debajo» que el protagonista usa cuando huye de la policía. «Hablamos de eso constantemente, cómo comunicar la esencia de alguien de una manera icónica, que se pueda traducir fácilmente a un disfraz de Halloween con un presupuesto ajustado», dice.
Es, después de todo, un sueño lo suficientemente grande para el propio Marty.
Los pequeños milagros
Entre las muchas satisfacciones que Bellizzi encontró en este proyecto, hay dos que menciona con especial entusiasmo. La primera fue vestir a personalidades neoyorquinas como Fran Drescher, Isaac Mizrahi y Sandra Bernhard, cada uno un capítulo de la historia cultural de la ciudad.

La segunda fue conocer a Philippe Petit, el legendario funambulista que cruzó las Torres Gemelas, quien tiene un cameo fugaz en la película. «Me fascinó», dice con una sonrisa. «Nunca lo olvidaré».
Son esos pequeños milagros, un guante rojo, una capa escultural, un encuentro con un mito, los que pueblan el universo de Marty Supreme. Y en el centro, siempre, la ropa como vehículo de sueños, como prueba de que podemos ser quienes queramos ser, aunque aún no lo hayamos conseguido.
La diseñadora
Miyako Bellizzi es una diseñadora de vestuario estadounidense de padre italiano y madre japonesa. Ha trabajado en películas como Good Time (2017), Uncut Gems (2019) y Next Goal Wins (2023).





