El blues del Missisipi inspira el vestuario de Sinners

La ya legendaria diseñadora, Ruth E. Carter reinterpreta la estética de los años 30 para sumergirnos en una historia de vampiros, música y resistencia cultural.

Por Amaury Echenique. Fotos: cortesía.

Hay una imagen que la ganadora de dos premios de la academia a Mejor Diseño de Vestuario no puede olvidar y es la de los músicos de blues viajando por el sur de Estados Unidos, con sus chalecos desgastados, sus camisas de algodón y sus zapatos bicolor, llevando en cada prenda la historia de un pueblo que transformaba el dolor en arte.

Esa imagen, destilada a lo largo de décadas de investigación y oficio, late en cada fibra de Sinners, la novedosa película de vampiros de Ryan Coogler que ha valido a Carter su quinta nominación al Óscar.

«La razón por la que soy diseñadora de vestuario es que siento esas mismas emociones», confiesa Carter. «Observo la historia y las fotos de todos estos grandes del blues y cómo viajaron por el Sur de Estados Unidos cantando sus historias. ¿Con este escenario, cómo no dejarse influenciar por toda esa riqueza?»

La riqueza visual y simbólica de «Sinners» es abrumadora. Ambientada en el delta del Misisipi durante la década de 1930, la película sigue a los gemelos Smoke y Stack, interpretados ambos por Michael B. Jordan, en su regreso desde Chicago para abrir un bar de mala muerte, un santuario para la comunidad negra donde el blues fluye como un río subterráneo. Pero cuando unos vampiros irlandeses amenazan sus sueños, la historia se transforma en algo en una disertación sobre la libertad, el legado y la resistencia.

Para Carter, el horror siempre fue una metáfora. «Me centré en el delta del Misisipi y en cómo la gente transforma su dolor en alegría», explica. «Me pareció muy claro representarlo». Y lo hizo con una paleta cromática que es, en sí misma, una declaración de principios, rojo, blanco y azul. Los colores de América, pero también los de la sangre, la esperanza y el algodón.

Los hijos pródigos vuelven a casa

Cuando Smoke y Stack bajan del tren en Clarksdale, Misisipi, su vestuario ya ha contado media historia. Vienen de Chicago, llevan trajes de lana, el tejido habitual de los gánsteres de la época, y su presencia contrasta violentamente con el paisaje cálido y polvoriento del delta.

Carter se sumergió en fotografías de gánsteres de Chicago de los años treinta para construir la silueta de los gemelos. Pero, como buena narradora, entendió que dos hermanos idénticos podían contar dos historias diferentes. «Smoke era un tipo sencillo que sale del supermercado y te dispara en el trasero», dice Carter con una sonrisa. «No tiene adornos. No lleva corbata. Su ropa es un poco más grande que la de Stack, que sí la lleva a medida».

Stack, en cambio, es meticuloso. Su traje tiene tres botones, pantalones con bolsillos inclinados, barra de cuello, pisa corbata, gemelos. «Lo tiene todo», resume Carter. Es un hombre que planea cada detalle, que se construye a sí mismo con la precisión de un relojero. Su sombrero rojo, encontrado en una sombrerería de Melrose Avenue, se convirtió en una obsesión: Carter mandó hacer fundas de cuero para mantenerlo perfecto durante todo el rodaje.

El sombrero de Smoke, en cambio, es en denim. «Estaba destinado a representar la ropa de trabajo», explica la diseñadora. «Su aspecto me recuerda a Don Cheadle en Devil in a Blue Dress. Te derribará en un segundo».

La yuxtaposición de colores, rojo para Stack y azul para Smoke fue idea de Ryan Coogler. Y Michael B. Jordan, bendito sea, nunca se quejó de llevar lana bajo el sol veraniego de Nueva Orleans. «Fue una bendición porque contaba la historia», dice Carter. «Una vez que llegaron al sur y se reencontraron con sus hermanos sureños, que vestían de mezclilla y algodón, la diferencia era evidente. Smoke y Stack, frescos como una rosa».

Simplicidad y autenticidad

Si hay una palabra que define el trabajo de Ruth E. Carter, es «autenticidad». Para Sinners, esto significó sumergirse en archivos fotográficos, estudiar pinturas americanas de principios de siglo y, sobre todo, observar a Eudora Welty, la fotógrafa que recorrió el sur en los años veinte y treinta capturando la vida de las familias negras.

«Quería que la simplicidad de esas imágenes se reflejara en el vestuario», dice Carter. Pero la simplicidad no es simpleza. Es, en realidad, la forma más alta de sofisticación.

Para los trabajadores que acuden al bar de mala muerte, Carter estableció una regla de oro: nada de sastrería. «Si algo era grande, tenía que seguir así. Si algo era largo, había que subirle el dobladillo, porque eso era lo que hacían». La ropa usada era popular en los años treinta, y la diseñadora quería reflejar esa economía de la supervivencia, esa capacidad de hacer algo de la nada.

Sammie, el hijo del predicador interpretado por Miles Caton, encarna esta filosofía. Su paleta de colores incluye marrón, dorado y tonos tierra que lo separan del rojo y azul de los gemelos. «Su ropa estaba un poco más desgastada», detalla Carter. «Su traje tenía mucha personalidad. Mostraba a este chico cuya correa de guitarra le desgastaba el chaleco y que quería parecerse a Stack con un sombrero fedora».

La guitarra no es un accesorio menor. Sammie toca una Dobro Cyclops de 1932, y su música fue el vehículo para una de las secuencias más ambiciosas de la película: un viaje a través del tiempo y el espacio donde el blues convoca a músicos de todos los siglos y continentes.

El éxtasis del blues

Hay un momento en Sinners que paraliza el aliento. En el bar de mala muerte, la música de Sammie atraviesa el velo entre pasado, presente y futuro, y de repente la escena se puebla de apariciones: un griot de África Occidental con un proto banjo, un guitarrista de los setenta con vibraciones de Jimi Hendrix, un DJ de los ochenta creando ritmos de hip-hop, un baterista africano, un bailarín zaouli con su máscara tradicional, un bailarín de breakdance contemporáneo.

Para Carter, el desafío era monumental. «Al principio me preocupaba: ¿cómo iban a funcionar juntos temáticamente?», admite. «Sabes lo que significa, pero no sabes, en cuanto al proceso y la edición, cómo toda esa emoción llegaría al público».

La solución fue confiar en el instinto, en el color, en el movimiento. «Ves a la gente moviéndose a través de su ropa, la forma en que resuena y se balancea, con esas máscaras misteriosas y esos grandes tocados». Carter rescató faldas que había diseñado para Coming to America, las tiñó de morado oscuro, y construyó la máscara zaouli casi como un casco de fútbol americano para que se mantuviera en su lugar.

Para los personajes del hip-hop, se inspiró en LL Cool J y mandó hacer Adidas Gazelle personalizadas. Para el guitarrista eléctrico, buscó la silueta icónica del rock. «Todos estudiábamos cómo el blues influyó en la música y cómo el género surgió de la lucha», recuerda. «La gente necesitaba luz en sus vidas, y encontraron la manera de crear instrumentos que evocaban los de sus ancestros».

La secuencia, filmada por la directora de fotografía Autumn Durald Arkapaw en un glorioso 70mm, es un testimonio de lo que el cine puede lograr cuando todos los departamentos reman en la misma dirección. «Autumn nos guió a través del arco emocional de lo que intentaba transmitir», dice Carter. «Nos mantiene informados, nos sumerge».

Las mujeres del Missisipi

En un mundo de hombres duros y vampiros sedientos, dos mujeres emergen con una fuerza arrolladora, Annie, interpretada Wunmi Mosaku y Mary, interpretada por Hailee Steinfeld. Carter las viste como polos opuestos de una misma experiencia femenina.

Annie es la curandera hoodoo del barrio, el ancla espiritual de la comunidad. «Todos conocemos a esa persona que es tu ancla espiritual», reflexiona Carter. «Ese tipo de personas suelen tener una energía específica, y necesitábamos que el vestuario apoyara esa energía».

El azul Haint que viste Annie no es casual: es un azul tradicional sureño que se supone que aleja a los espíritus. Su falda de seda cruda con diminutas lentejuelas parece mágica incluso antes de que ella se mueva. Los flecos largos, los collares de cuentas espirituales, la bolsa de magia que lleva siempre consigo con un trozo de raíz, agua bendita y sus herramientas, construyen a una mujer que es tierra y misterio a la vez.

«Muy pocas mujeres en la película llevaban pendientes», señala Carter. «Pero le di a Annie aretes porque siento que las baratijas se sumaron a su historia».

Mary es la otra cara de la moneda. Ha abandonado la comunidad, se casó con un hombre rico, y regresa en tren después del funeral de su madre. Su vestidito de punto, en un color pálido casi fantasmal, la desconecta del paisaje. «Ni siquiera parece pertenecer a ese lugar», dice Carter. «Es como un fantasma de otro planeta o de otra estratosfera, y esa era la intención».

Cuando Mary va al bar, lleva el mismo vestido. La elección es deliberada: «Quería que pareciera fantasmal por lo que le sucede después y por toda la sangre que acaba manchando la seda». El vestido pálido se convertirá en un lienzo para el horror, una superficie donde la violencia escribirá su propia historia.

Textura, sudor y sangre: el realismo sensorial del diseño

El sudor es un detalle con el que Carter insiste una y otra vez. «Constantemente pedía a mi equipo que vinieran al set con una botella de sudor», dice. «Me aseguraba de que todos tuvieran esa textura».

En el sur, hace calor de día y de noche. El sudor no es un accidente, es una condición de existencia. Y en Sinners, se convierte en una capa narrativa más. «Cada personaje tiene que estar sudado, tener cierta edad y cansancio, porque con esta película se convertiría en otra capa y otro personaje».

La sangre, por supuesto, es otra textura. Melissa Swidzinski, supervisora de vestuario, llevaba un registro obsesivo de cada salpicadura: qué sangre ocurría cuándo, en qué punto de la transición, cómo crecía a medida que avanzaba la historia. «Entraba en un paraíso de plástico», bromea Carter. «Tenía que mantener la continuidad de toda la sangre».

Para una película de vampiros, la sangre es inevitable. Pero Carter nunca perdió de vista lo que realmente le importaba: «Tuve que recordarme a mí misma: ‘Oh, van a hacer que esta sangre se acumule’. Cuando uno de los miembros de mi equipo dijo: ‘¿Sabes que vamos a tener que hacer diez de estas piezas?’, yo decía: ‘¡Uy! Lo siento, chicos. Estaba demasiado concentrada en la historia'».

La riqueza de los detalles

Entre los muchos detalles que pueblan Sinners, hay algunos que merecen mención especial. Los palillos, por ejemplo. «Reparto cosas como palillos», cuenta Carter. «Les digo: ‘Hermano, creo que estarías aquí parado con un palillo en la boca. Ese es el look de un actor’. Voy a utilería y consigo un montón de palillos. Y al día siguiente me dice: ‘Oye, ¿me das un palillo?'».

Para la escena postcréditos, que salta a los años noventa, Carter desplegó todo su arsenal vintage. Localizó a dos coleccionistas en Los Ángeles que guardaban un almacén entero de tesoros de los ochenta y noventa. Allí encontró el suéter Coogi auténtico, llamado «Gambler», que luce Michael B. Jordan, el mismo estilo que Biggie Smalls hizo famoso. «No podía creer la cantidad de cosas geniales que tenían», recuerda.

El bustier y los vaqueros de cintura alta de Hailee Steinfeld en esa misma secuencia están inspirados en Paula Abdul. «Ryan quería que se pareciera a Paula», dice Carter. Y así fue.

La Ruth E. Carter: trayectoria y legado en el diseño de vestuario

Ruth E. Carter es una diseñadora de vestuario estadounidense. Ha trabajado en más de sesenta proyectos para cine y televisión​ y ha sido nominada cuatro veces al Premio Óscar al “Mejor Diseño de Vestuario” por sus trabajos en «Malcolm X» (1992), «Amistad» (1997); «Black Panther» (2018) y «Wakanda Forever» (2022). Por su trabajo en estas dos últimas, Carter ganó el Óscar y así se convirtió en la primera mujer afroamericana en obtenerlo en esa categoría y además en ser la única en ganar más de uno en la misma categoría.

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