Hamnet: el vestuario que convirtió la sangre en narrativa emocional

La diseñadora Malgosia Turzanska transformó el duelo en textura, color y memoria para la película de Chloé Zhao, nominada a mejor vestuario en los Premios Óscar.

Por: Amaury Echenique. Fotos: cortesía.

Antes de leer el guion, antes de conocer a Chloé Zhao, antes de que existiera siquiera el proyecto cinematográfico, la diseñadora Malgosia Turzanska ya visualizaba con una claridad abrumadora el corazón de “Hamnet”, «La primera imagen en mi cabeza fue la de un músculo cardíaco gigante latiendo, palpitando y pulsando con sangre».

Esa obsesión por la sangre se convertiría en la brújula emocional de una de las propuestas de vestuario más conmovedoras y originales de la temporada. La nominación al Óscar por su trabajo en “Hamnet” no solo reconoce la meticulosa reconstrucción histórica de la Inglaterra isabelina, sino la capacidad de Turzanska para tejer una narrativa visual tan desgarradora como la historia de la muerte de un hijo de once años y el poder transformador del dolor.

Una paleta emocional

Cuando Turzanska se reunió por primera vez con Zhao, no había guion. Solo existía la novela de Maggie O’Farrell y una intuición compartida. «Hablamos de sangre, sangre menstrual, sangre bombeada, sangre seca», recuerda la diseñadora. Esa conversación inicial definiría el universo cromático de Agnes, interpretada por Jessie Buckley.

La primera vez que el público encuentra a Agnes, es una joven que emerge del bosque como una aparición. Viste una tela roja de corteza de árbol, literalmente arrancada de la naturaleza. «Es un volcán de energía y poder femenino», explica Turzanska. «El rojo era como sangre fresca y palpitante, el músculo cardíaco, el músculo palpitante de la vida». Cuando Will Shakespeare, que interpreta Paul Mescal, la observa por primera vez desde una ventana, ese rojo se graba en sus retinas como una promesa.

Pero la sangre no es estática, y el vestuario de Agnes tampoco lo es. A medida que se establece con Will y llegan los hijos, los rojos se apagan. «Es menos ella misma y más centrada en sus hijos», señala Turzanska. La paleta se vuelve más terrosa, más contenida, como si la vitalidad desbordante de la joven del bosque se hubiera domesticado entre las paredes del hogar.

El punto de inflexión, inevitablemente, es la muerte de Hamnet. La peste se lleva al niño de once años, y el color de Agnes se transforma. Turzanska encontró en los distintos estados de la sangre un mapa para transitar el duelo. Cuando Agnes aparece con una falda de color ciruela pasa, la diseñadora lo describe sin rodeos: «Es una costra seca». La herida ya no sangra, pero la cicatriz permanece.

La estructura del duelo

Una de las escenas más devastadoras ocurre cuando Will, después de la muerte de Hamnet, anuncia que debe regresar a Londres. Turzanska construye visualmente la distancia emocional entre ambos con una precisión quirúrgica. Él viste varias capas, y ropa de cuero, es como una armadura de quien puede huir hacia el trabajo. Ella, en cambio, aparece con una bata marrón y un corpiño gris. Pero el detalle que lo dice todo es cuando Agnes se levanta de la mesa y parece que no lleva falda.

«La idea era que el personaje ya había empezado a vestirse. Todavía tiene algo por lo que vivir. Tiene otros hijos, empezó a arreglarse y se olvidó de ponerse la falda», explica Turzanska. Ese olvido, esa falta, es la materialización del duelo. La silueta, antes voluminosa y presente, se vuelve incompleta. «Es un momento desgarrador», susurra la diseñadora.

Pero este filme no es solo una historia de pérdida, sino también de recuperación. Al final de la película, cuando Agnes viaja a Londres y ve Hamlet en el Globe Theatre, algo ha cambiado. «Se pone el mismo vestido que vimos en la escena en la que está embarazada. Es el mismo vestido, pero cerrado». La circularidad es perfecta: «está volviendo a sí misma e intentando reconectar. Termina con un rojo, pero ya no es tan juvenil». La sangre ya no es fresca, pero sigue latiendo.

La textura de lo natural

Para construir a Agnes, Turzanska se sumergió en los materiales que la propia naturaleza proporcionaba en el siglo XVI. La diseñadora, que también ha trabajado en El caballero verde y Pearl, investigó los tintes naturales de la época y reprodujo sus tonos saturados pero orgánicos. El resultado es un vestuario que parece haberse generado y crecido de manera espontánea y no haber sido cosido.

«Agnes usa principalmente plantas, empezando por la tela de corteza y luego lino o lino con esos pequeños bordados», detalla. «Está muy conectada con la naturaleza y parece casi como si hubiera salido de ella». Esa conexión no es solo estética, sino que remite a la herencia de su madre, a quien los habitantes de Stratford Upon Avon llamaban «la bruja del bosque».

Turzanska lo formula con una imagen inquietante: «Agnes era producto del bosque, como una fruta. Quizás una baya venenosa. Hay que saber cómo manejarla, como si pudiera envenenarte o curarte».

Los corpiños de sus vestidos, confeccionados con esa tela de corteza, revelan las fibras vegetales a simple vista. Los bordados, mínimos y orgánicos, imitan los patrones de los insectos que habitan los árboles. Nada en Agnes es artificial porque nada en ella es ajeno al mundo natural del que procede.

Lo modular del vestuario isabelino permite expresar su espíritu libre. Las mangas son desmontables, y Turzanska diseñó una manga naranja con un parche acolchado en el codo que parece sacado de una chaqueta de motociclista. «Lo tomamos de la investigación, y es muy emocionante encontrar piezas geniales, atrevidas y punk», sonríe.

La diseñadora estudió los lienzos del pintor flamenco Sebastiaen Vrancx, con sus representaciones frenéticas de la vida rural, para capturar cómo vestía realmente la clase trabajadora, tan distinta de las élites que suelen poblar el cine de época.

Agnes lleva blusa, corsé, bata y vestido que forman múltiples capas de forma renegada, subiéndose la falda por un lado para sortear los elementos con unas resistentes botas de hombre. Incluso embarazada de gemelos, el mismo vestido rojo se adapta: el corpiño se expande con cordones, creando un escote floral. «Sigue con su vida, no va a parar», sentencia Turzanska.

Shakespeare, un hombre de tinta y cuero

Frente a la sangre de Agnes, Will Shakespeare es agua y tinta. Paul Mescal encarna a un Bardo alejado de los retratos canonizados que todos tenemos en la cabeza. «Las imágenes que tenemos fueron pintadas años después de su muerte. Saber eso me liberó de intentar ser fiel a todo eso», confiesa Turzanska.

La paleta que usa en Will se mueve entre los grises y negros de su familia, pero incorpora azules y verdes cenicientos que simbolizan su conexión con el agua. Y esto no es casual, el conoce a Agnes junto a un río en el bosque, y cuando lidia con sus emociones reprimidas en Londres, lo hace a orillas del Támesis. «La naturaleza líquida de la tinta», apunta Turzanska. «No expresa sus sentimientos como Agnes. Los deja fluir a través de su pluma».

Los dedos de Will, como los del verdadero Shakespeare, están manchados de tinta ferrogálica, la misma que se obtenía de las agallas del roble. Esa tinta no solo tiñe su piel, sino también su ropa: Turzanska la utilizó para teñir las prendas del personaje en una gama de azules y grises que lo acompañan a lo largo de la película.

Pero el elemento más poderoso del vestuario de Will son los cortes. Inspirándose en la técnica isabelina del picado que son cortes decorativos en la ropa que dejaban ver las capas interiores, Turzanska construyó una narrativa de violencia heredada y autolesión emocional.

El padre de Will, John, interpretado por David Wilmot, lleva un palillo con forma de garra colgado al cuello. Turzanska imaginó que esos dientes raspaban la piel de Will durante su infancia, dejando marcas. En los primeros jubones de Will, los cortes son pequeños, casi imperceptibles. «Incluso el acolchado de su jubón parece como si se rascara la piel sin romperla», explica.

Pero cuando Will comienza a dudar de su capacidad como padre y esposo, los cortes se profundizan. «Teme ser tan violento como su padre, y entonces lo hace él mismo. Ya no necesita que su padre le haga daño; se está haciendo daño a sí mismo». Tras la muerte de Hamnet, los cortes alcanzan su máxima expresión: anchos, profundos, desgarrados. El cuero se abre como una herida.

El fantasma de Hamlet

Para el clímax emocional de la película, la representación de Hamlet como un fantasma, Turzanska encontró una solución inolvidable. Mientras investigaba interpretaciones históricas de la obra, se topó con una escultura de arcilla agrietada.

Mostró la imagen a Zhao, y la directora quedó inmediatamente cautivada. «Así llegamos a la arcilla», recuerda. «Buscaba el origen de un fantasma como una sábana. Y, por supuesto, viene de que los cuerpos se envolvían en sábanas al ser enterrados». El resultado es un Shakespeare cubierto de arcilla seca que se agrieta y desintegra, revelando «su crudeza y su apertura».

Los hijos: herencia visual

La creatividad desbordante de Will y Agnes, su afinidad con la naturaleza y su estilo emocionalmente expresivo, influye inevitablemente en sus hijos. Susanna, interpretada por Bodhi Rae Breathnach, la primogénita, viste una paleta de azules que la distinguen con un vestido de lino gris oscuro e índigo con una capa de lunares.

Turzanska se inspiró en imágenes de adolescentes contemporáneas con sudaderas con capucha para darle un toque moderno. «Me encanta que fuera una adolescente malhumorada», confiesa. «El gorro de Susanna tiene cordones. Solo quería asegurarme de que fuera una adolescente de su propia creación. Tenía mucha personalidad».

Pero el detalle más conmovedor involucra a los gemelos, Hamnet y Judith. En una escena juguetona, los niños intercambian sus atuendos, Hamnet viste las mangas naranjas de Agnes, mientras Judith se pone el jubón gris de Will.

Es un juego de niños, pero Turzanska lo cargó de significado. «En los jubones que llevan, las líneas de Judith son horizontales y las de Hamnet, verticales. Juntos, crean un todo con sus atuendos», revela. «Los colores son un poco de Agnes y un poco de Will». La unión de los padres en los hijos, la armonía rota por la muerte, la memoria que permanece en la tela.

Liberar la emoción

Cuando Turzanska recibió el encargo de Zhao, la directora le envió un lookbook personal. Lo mismo hizo con el director de fotografía Łukasz Żal y la diseñadora de producción Fiona Crombie. «Estábamos totalmente de acuerdo», recuerda. «Todos nos dejábamos llevar por la emoción, más que por la época».

Esa declaración podría leerse como una herejía en una película ambientada en el siglo XVI, pero en realidad es la clave de su acierto. «Las películas de época que mejor funcionan son las que se centran en los personajes, más que en los límites de la época», sostiene Turzanska.

Por eso el vestuario de Hamnet no es una recreación arqueológica, sino una exploración emocional. Los materiales son históricamente precisos, lino, tela de corteza, cuero, tintes naturales, pero su uso responde a las necesidades narrativas. Agnes viste sin la estructura rígida de la época porque su personaje ignora deliberadamente las normas. Will lleva cortes que se agrandan con su dolor porque la ropa puede hablar cuando las palabras fallan.

El latido final

Al final de “Hamnet”, cuando Agnes recupera su vestido rojo y lo cierra sobre su cuerpo, algo se completa. La sangre ya no es fresca, pero tampoco es costra seca. Es un rojo maduro, el de quien ha atravesado el dolor y emerge transformado.

Malgosia Turzanska ha construido un vestuario que late. Desde el músculo cardíaco que imaginó al principio hasta la arcilla agrietada del fantasma, cada textura, cada color, cada corte cuenta una historia de amor y pérdida.

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