Cuando Colombia aprendió a vestirse: moda, industria e identidad (1970–1999)

Entre la contracultura de los setenta, la institucionalización de los ochenta y la sacudida económica de los noventa, la moda colombiana dejó de ser solo industria para convertirse en identidad, negocio y lenguaje cultural. Esta segunda parte recorre las décadas en las que el país aprendió a diseñarse a sí mismo.

Por: Equipo Código Malva. Fotos: referencias hechas con IA y archivo.

Entre los años setenta y finales de los noventa, la moda en Colombia vivió su transformación más profunda. El país pasó de producir textiles a construir marcas, de copiar tendencias a generar identidad, y de entender el vestir como oficio a pensarlo como sistema cultural, económico y creativo.

Fueron décadas de libertad estética, exceso visual, crisis estructurales y, sobre todo, de conciencia: la moda empezó a narrar quiénes éramos y hacia dónde queríamos ir.

AÑOS 70: Libertad, contracultura y expresión

Un cambio estructural en la industria

Durante la década de los años 70, Colombia vivió un punto de inflexión definitivo. La industria empezó a desplazarse de una lógica centrada en la producción textil hacia una cultura de moda entendida como identidad, diseño y autoría. El valor dejó de concentrarse exclusivamente en el hilo y la manufactura para trasladarse al diseño, la marca y el discurso estético.

Este giro silencioso sentó las bases de la moda colombiana contemporánea, donde el diseño empezó a consolidarse como motor económico, creativo y cultural.

Hernando Trujillo y la consolidación del vestir masculino

En este contexto emergió con fuerza Hernando Trujillo, quien durante los años 70 se consolidó como el gran referente del vestir masculino en Colombia. Su propuesta partía de una idea revolucionaria para la época: el hombre podía vestir con elegancia y diseño sin que ello implicara un lujo inalcanzable.

Desde su marca HT, elevó la sastrería nacional y demostró que era posible construir una empresa de moda con identidad propia, proyección internacional y altos estándares de calidad. Su legado fue tanto estético como estructural, al probar que el diseño colombiano podía convertirse en industria, marca y aspiración.

Libertad, contracultura y estética hippie

Paralelo al fortalecimiento empresarial, la calle comenzó a expresar otra narrativa. La influencia del movimiento hippie introdujo una estética marcada por la libertad corporal, la artesanía y la comodidad. Pantalones bota campana, túnicas, chalecos tejidos, flecos y estampados florales se integraron al paisaje urbano.

En Colombia, esta estética se mezcló con saberes artesanales locales y una sensibilidad tropical, dando lugar a una interpretación propia de la contracultura global. Vestirse se convirtió en una forma de expresión personal y, en muchos casos, en una ruptura con las normas tradicionales de género, elegancia y formalidad.

1976: Unicentro Bogotá y el nacimiento del consumo moderno

La inauguración de Unicentro Bogotá en 1976 transformó de manera definitiva la forma de consumir moda en el país. Por primera vez, grandes marcas, boutiques, entretenimiento y servicios coexistían en un mismo espacio, introduciendo el concepto de centro comercial moderno.

Más que una obra arquitectónica, Unicentro representó un nuevo estilo de vida urbano. La moda dejó de recorrerse de manera dispersa por la ciudad y pasó a concentrarse en vitrinas, tendencias y experiencias compartidas. El consumo se volvió aspiracional, visual y social.

Brillo nocturno y cultura disco

Hacia el final de la década, la influencia de la música disco irrumpió con fuerza en las principales ciudades. El vestuario nocturno se llenó de satín, lentejuelas, plataformas y superficies brillantes que celebraban el movimiento, el exceso y la teatralidad.

Convivían así múltiples estéticas: la bohemia artesanal, la elegancia urbana y el glamur de la pista de baile. Esta pluralidad definió el espíritu de los años 70, una década sin una única moda dominante, pero con una libertad inédita para elegirla.

Siluetas femeninas y transformación social

La mujer colombiana adoptó con naturalidad la coexistencia de siluetas. La minifalda se mantuvo como símbolo de juventud y emancipación, mientras las faldas midi y maxi, fluidas y estampadas, ofrecían comodidad y movimiento.

El abandono de estructuras rígidas reflejaba un cambio social profundo. Más mujeres estudiaban, trabajaban y ocupaban el espacio público, y la moda acompañó esa transformación.

El germen de una identidad tropical

Entre la bohemia, la artesanía y la sofisticación urbana, empezó a tomar forma una estética que más adelante se reconocería como sello colombiano. El uso de algodón, lino, siluetas fluidas y referencias al clima y al territorio sentó las bases de una elegancia tropical, fresca y sensual.

Sin una denominación clara en ese momento, esta identidad comenzaba a diferenciar a la moda local de las imitaciones europeas y a construir una narrativa propia que décadas después conquistaría escenarios internacionales.

Los desfiles del Hotel Tequendama: antes de las ferias

Antes de la institucionalización de la moda a través de ferias y plataformas especializadas, los desfiles encontraron su escenario en espacios emblemáticos de la vida urbana.

Durante los años 70 y comienzos de los 80, el Hotel Tequendama fue uno de los grandes epicentros de la moda en Bogotá. Sus salones acogieron presentaciones de diseñadores, eventos sociales y desfiles que reunían a prensa, clientas y figuras del momento.

En estos espacios, la moda se mostraba como acontecimiento social y aspiracional, sentando las bases de la pasarela colombiana mucho antes de que existiera un calendario oficial o una feria estructurada.

Años 80: exceso estético e institucionalización del sistema moda

Una década de contrastes

Los años 80 marcaron otro punto de inflexión decisivo. Mientras el mundo abrazaba el exceso visual, los colores estridentes y las siluetas exageradas, Colombia avanzaba de manera paralela en la organización y profesionalización de su industria de la moda.

Fue una década marcada por el contraste entre el ruido estético y la construcción silenciosa de instituciones que cambiarían para siempre el rumbo del sector.

Tendencias, la primera vitrina para moda colombiana

Antes de la consolidación de las grandes ferias de moda, Bogotá fue escenario de eventos que buscaban interpretar y mostrar lo que estaba ocurriendo en el vestir. Entre finales de los años 70 y durante los 80, Tendencias se consolidó como un evento clave para la moda colombiana.

Más que una pasarela, funcionó como una plataforma de lectura del momento: allí se presentaban colecciones, propuestas comerciales y miradas sobre el estilo contemporáneo. Tendencias ayudó a crear conversación, a reunir actores del sector y a preparar el terreno para la posterior institucionalización del sistema moda en el país.

1987: nacimiento de Inexmoda

En 1987 se fundó Inexmoda en Medellín como respuesta a la pérdida de subsidios a las exportaciones y a un contexto económico adverso. El Instituto para la Exportación y la Moda se convirtió en una plataforma estratégica para conectar empresarios, diseñadores, industriales y mercados internacionales.

Foto original de los inicios de Inexmoda. Roque Ospina, Alicia Mejía y Clra Echeverry, los gestores.

Más allá de su impacto económico, Inexmoda transformó la narrativa de Medellín, posicionándola como un centro de creatividad, innovación y negocios alrededor de la moda.

1989: Colombiatex y la visión de cadena de valor

Dos años más tarde, esta visión se materializó con la primera edición de Colombiatex, una feria enfocada en insumos, textiles y materiales que consolidó a Medellín como el corazón industrial del sistema moda colombiano.

Por primera vez, la industria local se pensaba con proyección global y como una cadena de valor integral, más allá de la producción aislada..

Olga Piedrahíta y los primeros gestos de diseño conceptual

Aunque su consolidación llegaría más adelante, durante los años 80 empezó a gestarse las bases del universo creativo de Olga Piedrahíta. Desde esta década se percibía un enfoque distinto, donde la moda se entendía como lenguaje simbólico, artístico y reflexivo.

Foto actual y real de Olga Piedrahita.

Su mirada anticipó una forma de diseñar alejada de la producción masiva y más cercana al pensamiento, al arte y a la experimentación, abriendo el camino para el diseño de autor en Colombia.

La televisión regional y la pedagogía de la moda

En un proceso de construcción cultural, la televisión regional también jugó un papel determinante. A finales de los años 80, Medellín vio nacer el programa Modas y Modas, un espacio televisivo pionero que habló de moda cuando aún no era un tema habitual en la pantalla.

Modas y Modas, de la mano de María Consuelo Gaviria, no solo visibilizó diseñadores, empresarios y procesos productivos, sino que ayudó a formar audiencias, a educar el gusto y a consolidar a Medellín como un centro neurálgico de la moda colombiana, mucho antes de que el sector se institucionalizara por completo.

El modelaje entra en auge

En ese mismo proceso de profesionalización del sistema moda, el modelaje comenzó a ocupar un lugar estructural. Durante los años 80 y comienzos de los 90 surgieron agencias especializadas que entendieron la imagen como un oficio y no solo como una actividad circunstancial.

Firmas como Informa y Stock Models fueron determinantes en la formación, representación y proyección de modelos, conectando pasarela, editorial y publicidad. Su trabajo ayudó a consolidar estándares profesionales y a insertar a Colombia en circuitos internacionales, reforzando la idea de que la moda no se construía solo desde la prenda, sino también desde la imagen, el cuerpo y la puesta en escena.

Power dressing y la entrada femenina al mundo laboral

Estéticamente, la década fue audaz y maximalista. La influencia global del power dressing se tradujo en trajes estructurados, hombreras pronunciadas y siluetas fuertes que acompañaron la entrada masiva de las mujeres al mundo laboral.

El power suit se convirtió en símbolo de autoridad y presencia, adaptado al contexto colombiano con colores vibrantes, accesorios llamativos y una actitud decididamente expresiva.

Exceso, color y rebeldía urbana

La moda ochentera abrazó el color sin reservas. Neones, brillos, charol, Lycra®, volúmenes exagerados y peinados imponentes dominaron calles, discotecas y pantallas.

La cultura pop, la música internacional, las series y los videoclips influyeron directamente en el vestir urbano de ciudades como Bogotá y Medellín, donde la ropa se convirtió en una declaración de identidad, poder y rebeldía.

Diseñadores clave y consolidación creativa

Durante esta década comenzaron a consolidarse diseñadores fundamentales para la historia de la moda colombiana. Pepa Pombo revolucionó el tejido de punto, llevándolo del ámbito utilitario al diseño sofisticado.

Hernán Zajar y Alfredo Barraza se posicionaron como referentes del vestir femenino y de los grandes eventos sociales.

Silvia Tcherassi inició una trayectoria que con el tiempo la convertiría en la diseñadora colombiana de mayor proyección internacional.

De la confección al diseño académico

Los años 80 también marcaron los primeros pasos hacia la profesionalización académica del diseño. Instituciones y escuelas fortalecieron la formación en moda, impulsando el tránsito de la confección empírica a la creación de colecciones con identidad, concepto y visión de marca.

Entre el exceso visual y la construcción institucional, esta década sentó las bases del sistema moda colombiano contemporáneo.

Años 90: moda, cultura y negocio

Una década de no retorno

Los años 90 marcaron un punto de no retorno para la moda en Colombia. En medio de la apertura económica, la globalización acelerada y un contexto social complejo, el vestir se consolidó como fenómeno cultural, mediático y económico.

Fue una etapa de crisis y redefiniciones, pero también de visibilidad, consolidación y ambición internacional.

1990: Colombiamoda y la gran vitrina latinoamericana

En 1990, Inexmoda lanzó la primera edición de Colombiamoda bajo el lema “Colombiamoda es su feria si la moda es su profesión”. El mensaje era claro: la moda colombiana se asumía como un sistema profesional articulado.

Ejemplar de El Colombiano de 1990.

Con cerca de 10 mil visitantes en su debut, la feria se convirtió en el epicentro donde diseñadores, marcas, industriales, compradores y medios empezaron a dialogar, posicionando al país dentro del mapa regional de la industria creativa.

El nacimiento de las revistas especializadas

En este proceso de institucionalización del sistema moda, el nacimiento de revistas especializadas fue determinante. A finales de los 90 apareció Fucsia, la primera publicación colombiana dedicada a la moda desde una mirada más contemporánea. Sus páginas empezaron a hablar de tendencias, cuerpos, consumo, imagen y estilo de vida, trasladando la moda del ámbito social al terreno cultural y editorial.

Posteriormente, surgió Infashion, una revista con vocación internacional que acompañó el crecimiento de la moda nacional y su proyección global. Estas publicaciones no solo visibilizaron diseñadores, marcas y modelos, sino que ayudaron a formar criterio, deseo y aspiración, consolidando la moda como un lenguaje profesional y un sistema de comunicación en el país.

El periodismo se empieza a especializar

En paralelo, la moda empezó a contarse con oficio. Entre redacciones, pasarelas y ferias se fue gestando un periodismo especializado que entendió el vestir como lenguaje cultural y como industria. Voces como Pilar Castaño y posteriormente, periodistas/editoras como Pilar Luna ayudaron a profesionalizar esa mirada: ya no se trataba solo de mostrar tendencias, sino de leer el momento, construir criterio y formar audiencias.

Apertura económica y aprendizaje competitivo

La apertura económica expuso a la industria nacional a una competencia inédita. La llegada de marcas extranjeras obligó a abandonar la copia y a apostar por la calidad, la innovación y el diseño como estrategia de supervivencia.

Muchas empresas no resistieron el impacto, pero las que lograron adaptarse entendieron que el valor estaba en diferenciarse. Esta década sentó las bases de una moda más consciente, competitiva y exportable.

Estéticas generacionales y cultura urbana

En lo estético, los años 90 rompieron con el exceso ochentero. El grunge, el pop y el streetwear convivieron en las calles, reflejando una moda profundamente personal, emocional y generacional.

Reinados, denim y swimwear: la moda colombiana entra al imaginario global

Aunque el Concurso Nacional de Belleza en Cartagena tiene una historia mucho más antigua, fue en los años 90 que se consolidó como la gran pasarela televisada del país. Diseñadores de alta gala encontraron allí una vitrina masiva donde el lujo artesanal, los bordados y las siluetas exuberantes llegaban a millones de hogares, fijando referentes de elegancia, feminidad y prestigio. Los virreinatos consecutivos en Miss Universo reforzaron este escenario como constructor del ideal estético nacional.

El jean colombiano y la industria corsetera

En paralelo, el jean colombiano se convirtió en un producto de exportación gracias a una moldería altamente especializada que ciñe el cuerpo femenino con precisión técnica.

Mientras el mundo abrazaba siluetas holgadas, Colombia exportaba denim ajustado, sensual y funcional.

Hacia el final de la década, la ropa interior y los trajes de baño hechos en el país empezaron a diferenciarse por su confección, detalles manuales y sofisticación, sentando las bases de una categoría que ganaría protagonismo global en el nuevo milenio.

El auge de la moda popular y la democratización del vestir

Paralelo al fortalecimiento institucional y mediático, la moda colombiana vivió un fenómeno igualmente decisivo: la consolidación de la moda popular. Zonas comerciales como San Victorino y el barrio Restrepo en Bogotá se convirtieron en motores de producción, distribución y consumo masivo.

Allí, la confección local interpretó con rapidez las tendencias globales y las adaptó al contexto colombiano, democratizando el acceso a la moda y acelerando los ciclos del vestir.

Mientras las ferias, las revistas y los desfiles construían aspiración, la moda popular conectaba con la realidad cotidiana, demostrando que el sistema moda colombiano se sostenía tanto en la industria formal como en una red ágil, creativa y profundamente urbana.

1999: crisis y reinvención

El cierre de la década estuvo marcado por la crisis textil de 1999, una de las más severas en la historia del sector. La recesión económica, la apertura comercial y la competencia desleal provocaron cierres masivos de fábricas, pérdida de empleos y el debilitamiento de modelos industriales basados en volumen y bajo costo.

Sin embargo, esta sacudida obligó a una transformación estructural. La industria comenzó a priorizar el diseño, el valor agregado y la diferenciación como estrategia de supervivencia. De este punto de quiebre surgiría una moda más consciente, autoral y preparada para competir en mercados internacionales durante los años 2000.

Si quieres leer la primera parte, la encuentras aquí: https://codigomalva.com/2025/12/07/historia-moda-colombiana-40-70/

error: Content is protected !!