Las primeras puntadas de la moda colombiana, la era que definió su rumbo

Entre la sobriedad marcada por la guerra, el esplendor parisino del New Look, la revolución juvenil global y la explosión bohemia de los setenta, Colombia vivió cuatro décadas (1940 a 1970) que moldearon su sensibilidad estética y trazaron los cimientos de una industria que hoy habla de identidad. CÓDIGO MALVA empieza un especial de cuatro entregas donde hablaremos de los momentos más significativos de la moda en Colombia.

Por: equipo Código Malva. Fotos: hechas con IA.

Aunque es un hecho que la moda en Colombia entró por la costa Caribe, gracias a su condición de puerto y a la llegada temprana de telas, revistas y tendencias europeas y estadounidenses —especialmente en Barranquilla— el interior del país fue el escenario perfecto para crear una industria textil sólida, la materia prima de lo que hoy conocemos como el sector moda colombiano.

Antes de que Medellín fuera reconocida como capital textil latinoamericana y antes de que Bogotá entrara en el radar de la moda global, el estilo colombiano se tejía en sus calles, en sus talleres, en las fábricas del Valle de Aburrá y en los rituales cotidianos de una sociedad que se urbanizaba con rapidez.

De la austeridad impuesta por la Segunda Guerra Mundial al estallido expresivo que marcó los años 70, este periodo transformó la forma de vestir y creó la base de lo que hoy entendemos como moda colombiana.

Años 40: sobriedad, funcionalidad y siluetas inspiradas en el uniforme

La década de 1940 estuvo claramente tocada por la economía de guerra, pese a que Colombia no participó directamente en el conflicto.

Las restricciones globales en textiles, la dificultad para importar y la necesidad de prendas duraderas generaron un estilo marcado por líneas rectas, hombros estructurados y trajes de dos piezas. Era la estética de la época: práctica, resistente y con una elegancia discreta.

Las paletas de color giraban en torno a tonos militares, beige, gris, azul oscuro y negro, reflejando la sobriedad que dominaba el mundo. Las mujeres de ciudad incorporaron hombreras y faldas rectas, mientras que la élite bogotana —pese al racionamiento— conservó códigos de refinamiento como los guantes, sombreros pequeños y eventos sociales en los que se celebraba la etiqueta.

Everfit: la elegancia masculina que vistió a Colombia

Fundada a comienzos del siglo XX, Everfit se convirtió en una marca esencial del guardarropa masculino colombiano. Durante los años 40, 50 y 60, sus trajes, camisas y prendas de paño definieron el estilo del trabajador urbano, del hombre de oficina y del ejecutivo.

Everfit demostró que era posible construir una empresa de moda nacional sólida, con identidad y calidad, mucho antes de la llegada de los diseñadores contemporáneos.

Mientras tanto, en las zonas rurales persistieron las estéticas tradicionales: ruanas, faldas estampadas, blusas de encaje y el sombrero aguadeño, símbolos de un vestir mestizo muy arraigado en la identidad nacional.

Años 50: el retorno del encanto y la llegada del glamur global

Con el fin de la guerra, la moda mundial abrazó la feminidad. El New Look de Christian Dior (1947) redefinió la silueta con cinturas ceñidas, hombros suavizados y faldas de amplio volumen, un estilo que Colombia adoptó rápidamente gracias al acceso creciente a revistas, cine y patrones importados.

En las ciudades principales, las mujeres incorporaron crinolinas (estructura de aros para dar volumen a faldas), perlas, lunares, flores, tonos pastel y sombreros pequeños. Bogotá, Medellín y Cali vivían una modernización acelerada y la moda se convertía en un marcador visible de estatus y sofisticación.

Los hombres mantuvieron la formalidad del traje de tres piezas, acompañado del emblemático Borsalino (un sombrero de fieltro de alta calidad), símbolo de distinción en la época.

El nacimiento del retail moderno en Colombia

En la segunda mitad del siglo XX, la moda colombiana no solo se transformaba en las pasarelas caseras o en las páginas sociales: también mutaba en las vitrinas. Con la llegada de Almacenes Tía, el país conoció por primera vez el autoservicio y la compra por impulso.

Poco después, Sears y Almacenes Ley extendieron este modelo con prácticas importadas de Estados Unidos: exhibiciones temáticas, promociones por temporadas, catálogos y vitrinas luminosas que definieron la estética del comercio urbano.

Llega Madame Crepé y con ella la vanguardia

En este contexto, el trabajo de una mujer como Susana de Goenaga, más conocida como Madame Crepé, fue decisivo, siendo una de las pioneras de la moda colombiana. Desde la década de 1950, en Bogotá, construyó un universo propio donde el papel crepé, las flores hechas a mano y los sombreros se convirtieron en lenguaje de diseño.

La prensa de la época y los homenajes posteriores la describen como “una creadora vanguardista, adelantada a su tiempo, que defendió el sombrero como accesorio clave y entendió la moda como un territorio artístico, mucho antes de que el país hablara en serio de diseño de autor”.

¡Y la industria editorial presente!

La revista Cromos, que ya era un referente cultural desde los años 20, se consolidó en los 50 como uno de los principales difusores de moda en Colombia. Sus portadas, editoriales y reportajes sociales introdujeron tendencias internacionales, mostraron el estilo de la élite urbana y se convirtieron en una guía de elegancia para el país. Su papel como medio visual fue decisivo en la construcción del imaginario estético colombiano.

Años 60: minifaldas, contracultura y una juventud que rediseñó el país

Los años 60 fueron un punto de quiebre cultural. La influencia del rock británico, la televisión, el cine norteamericano y la expansión de nuevas corrientes artísticas impulsaron una estética fresca, irreverente y profundamente juvenil.

La minifalda, popularizada globalmente por Mary Quant, llegó a Colombia como símbolo de libertad. Junto a ella aparecieron los vestidos línea A, los babydoll, los cuellos tortuga, las botas altas, los estampados geométricos y una explosión de colores.

Por primera vez, los pantalones —incluidos los jeans, que empezaron a normalizarse en el vestuario femenino— se convirtieron en una declaración de modernidad.

Mientras tanto, la industria textil nacional vivía un impulso clave. Empresas ya consolidadas, como Coltejer (fundada en 1907) y Tejicóndor, modernizaban sus procesos y ampliaban su producción, lo que facilitó el acceso del país a telas más variadas y asequibles.

Barranquilla: puerta de entrada de la moda moderna

Gracias a su condición de puerto marítimo y aéreo, Barranquilla recibía revistas, telas y tendencias extranjeras con una rapidez imposible para el interior. Su carácter cosmopolita la convirtió en un laboratorio de modernidad donde la moda se mezclaba con la cultura caribeña, la música y la vida social.

Toby Setton: el primer diseñador colombiano documentado

A finales de los años 50 y comienzos de los 60 surge la figura de Toby Setton. Nacido en Cartagena y radicado en Barranquilla, fue el primer diseñador colombiano en tener una marca propia y una fábrica de ropa. Igualmente introdujo el tallaje estandarizado, al mejor estilo del prêt-à-porter europeo; diseñaba sus propias telas, algo inédito en el país y popularizó el pantalón femenino en medio de una sociedad muy conservadora.

Gloria Valencia de Castaño: la voz que llevó la moda a la televisión

En los años 60, la televisión colombiana comenzaba a consolidarse, y Gloria Valencia de Castaño —una de las presentadoras más influyentes del país— introdujo temas de moda, estilo y sofisticación en programas culturales. Desde la pantalla chica, acercó la moda europea y latinoamericana al público colombiano y se convirtió en una referencia estética para una generación entera.

Años 70: pluralidad estética, libertad bohemia y los primeros latidos del diseño local

Los años 70 fueron una fiesta visual. La convivencia entre la estética hippie, la sensualidad disco y la creciente valoración de lo artesanal dio lugar a una década plural, audaz y profundamente creativa.

El guardarropa se llenó de túnicas bordadas, croché, lino, pantalones bota campana, camisas estampadas, chalecos tejidos, jeans ajustados y plataformas. Los colores tierra —mostaza, naranja quemado, aguacate, café— y los accesorios imponentes hablaban de una búsqueda de libertad individual.

Los hombres también participaron en esta revolución estética: pelo largo, camisas ajustadas, pantalones acampanados y una actitud mucho más experimental.

Y, en silencio, algo fundamental ocurría: el país comenzaba a transitar de una industria textil a una industria de moda. Surgían diseñadores, se fortalecían escuelas de confección y la expresión personal se convertía en un valor cultural.

En este momento, Arturo Calle, fundada en 1965, consolidó un modelo empresarial sólido que transformó la moda masculina colombiana y demostró que era posible crear marca, retail y expansión desde un enfoque local.

Los cimientos de una industria que hoy conquista mercados

El recorrido entre los años 40 y 70 consolidó el ADN de la moda colombiana: técnica, tradición, feminidad, rebeldía, diversidad y un interés creciente por el diseño.

Desde la creación de Coltejer en 1907 hasta la expansión textil de mediados del siglo XX, aquella base industrial permitió que, décadas más tarde, el país se convirtiera en referente regional de confección, talento y creatividad.

Las primeras cuatro décadas modernas del vestir colombiano fueron mucho más que tendencia: fueron el laboratorio donde nació la moda que hoy representa al país dentro y fuera de sus fronteras.

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