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Se terminó la Semana de Alta Costura en París y el diseñador colombo-francés Haider Ackermann fue uno de los grandes protagonistas al ser creador invitado por Jean Paul Gaultier para diseñar una colección que muchos catalogaron de poética y sublime.

Por Pilar Luna

Aunque Haider Ackermann fue adoptado de bebé por una pareja de franceses, el hecho de que haya nacido en Bogotá ha hecho que de alguna manera las noticias sobre él cuenten como si fueran noticias propias.  Creo que todos sentimos que sus éxitos tienen un poco de sabor a lo nuestro y por eso cuando pasa algo bueno con él, nos gusta destacarlo.

El legendario Jean Gaultier con Haider Ackermann al final de la presentación.

En la semana de la moda de Alta Costura en París, Ackermann fue el creador invitado por Jean Paul Gaultier para hacer su colección. Se trata de un hecho muy significativo porque es la primera vez que el colombo-francés se presenta en lo que significa la quintaesencia de la moda.

Representa ser parte de esa élite que pocos logran alcanzar. “Poder tocar la Alta Costura ha sido mi sueño desde siempre y para siempre. Me sentí muy conmovido por ello. Es todo lo que quería hacer”, le confesó Haider Ackermann al periodista de la edición británica de Vogue.

Una oda a la costura

Y el diseñador, que viene de la escuela de Amberes (Bélgica) y por consiguiente tiene una mirada muy oriental de la moda, no decepcionó y, por el contrario, para muchos críticos esta ha sido la mejor colección que ha hecho la marca desde que está invitando a creadores reconocidos. La razón: su propuesta está muy alineada con esa sastrería característica y esa pureza que siempre lo han caracterizado, pero que también, aunque no sea tan evidente, hace parte del ADN de Gaultier.

El propio diseñador se lo dijo a Vogue: “conozco a Jean Paul y conozco el volumen, la música y el estilo. A veces te distraes tanto que pierdes la esencia y la pureza de su obra inmaculada. Era muy preciso en su sastrería. Toda la construcción y lo que encontré en el archivo, es simplemente sublime. Quería traer de vuelta esta pureza”.

De esta manera, y cuando todos estaban esperando los volúmenes, la abundancia en formas y texturas y un poco de ese humor oscuro que caracterizan a Gaultier, Ackermann prefirió resaltar la belleza y sofisticación de una pieza bien construida con una interpretación mucho más sublime de la estética de la reconocida firma francesa.

Iconos arquitectónicos y deconstruídos

Una de las grandes genialidades de esta colección de Ackermann para Gaultier es que logró presentar algunos de sus más representativos íconos, pero sin perder esa esencia que viene de su escuela de diseño, depurando, conceptualizando y logrando, incluso, un minimalismo que puede llegar a ser la antípoda de la propuesta estética del creador francés.

Cuando hablo de deconstrucción, me refiero a esos cortes asimétricos y vanguardistas que Ackermann hace muy bien por su escuela belga (Amberes), pero en los que exaltó a la perfección esa esencia de Gaultier y esa sastrería arquitectónica que sabe hacer como pocos. Esa mezcla de siluetas no convencionales con la pureza de una construcción impecable donde muchas de las formas más exquisitas se resaltan.

Un espíritu rebelde

La paleta de color que usó Ackermann también cuenta la historia de Gaultier a su manera y de toda su rebeldía. Desde el negro profundo que siempre ha hecho parte fundamental de ambas estéticas hasta un blanco puro con el que de alguna manera libera su esencia, pasando por una gran gama de tonos fuertes y algunos metalizados. Además, aprovecha para hacerle un pequeño guiño a diseñadores clásicos, como Balenciaga y Saint Laurent, al tiempo que alza su voz de protesta contra el régimen de Irán.

Finalmente, algunos símbolos de Gaultier, como sus reconocidos corsés, aparecen enfundados en una gama amplia de tonos muy suyos que también hacen parte de sus simbolismos y de ese juego de seducción que tanto le gusta acariciar.

Los mensajes también fueron parte de esta propuesta.

Todo esto solo demuestra que también se puede hacer moda política y contestataria, sin desdeñar la elegancia. Haider Ackermann la hizo como una poesía, desde la belleza, el lujo y la perfección que se ve en la Alta Costura.

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